Plasencia: una escapada por Extremadura
Extremadura parece, a simple vista, una tierra de paisajes áridos, producto de la imagen que nos produce el fuerte calor provocado por el sol y sus paisajes tan llanos.

Largas planicies que recortan las carreteras que la atraviesan. Pero entre los cerezos del Valle del Jerte, y el Parque Nacional de Monfragüe, cerca del Tajo, nos encontramos con una hermosa ciudad: Plasencia.
El blasón que en su día concedió Alfonso VIII, fundador del pueblo, indica que Plasencia se esconde tras las torres y los restos que quedan de su muralla “para que plazca a Dios y a los hombres”.
Es Plasencia un pueblo lleno de iglesias y palacios. Un lugar donde se respira tradición y recogimiento en muchas de sus calles. Es el aroma que se respira por gran parte de Extremadura y de sus pueblos, condensados aquí, en unas cuantas calles: el palacio de Monroy, el del Marqués de Mirabel, la casa de las Argollas donde se casó Juana la Beltraneja y Alfonso V de Portugal. La casa del Deán es uno de los edificios más antiguos de la ciudad, del siglo XVII. En el edificio destaca su balcón haciendo esquina y sobre todo, la heráldica de escudos de todas las familias que la habitaron. El Palacio Episcopal es del siglo XV, aunque fue acabado en el XVI. Actualmente acoge el Archivo Diocesano y la Biblioteca del antiguo colegio de los Jesuitas. Su fachada es renacentista, aunque destaca su parte trasera, tan blanca, resaltando por encima de las murallas que dan al río Jerte.
La Catedral de Plasencia es su joya, con una parte nueva y otra vieja. Su construcción se llevó a cabo entre los siglos XII y XVI dando imagen a un conjunto monumental exquisito en el que destacan sus bóvedas y su cúpula octogonal, a la que popularmente se conoce como “El Melón”. En plena primavera, pasear en los alrededores es un placer capaz de llenarnos los sentidos, pues no sólo la vista disfruta de este monumento, sino también el olfato, por los naranjos en flor que se extienden frente al conjunto catedralicio.
Pasando frente a la prisión llegamos a la Plaza Mayor. Casi en su entrada, nos encontramos con el Ayuntamiento, en el que destaca el escudo real que muestra en su fachada. El actual edificio es una reconstrucción del año 1966, basada en el antiguo del año 1523. Aún así, se conservan en su interior el Archivo de 1569 así como inscripciones conmemorativas de la toma de Granada por los Reyes Católicos.
El reloj del Concejo data del año 1546, mientras el muñeco articulado que se ve junto a la campana (el conocido como Abuelo Mayorga) es del año 1743. Fue destruido por los franceses en 1811, pero reconstruido nuevamente en 1936. El actual data del año 1977. Por último, la Plaza Mayor, en la que hay que saborear el aire que se respira en los momentos en que se abre un mercadillo tradicional…
Y así, entre la nostalgia de estas tradiciones, y la tranquilidad de sus calles, dirigimos nuestros pasos hacia las murallas de la ciudad, para perdernos en su Historia y echar un último vistazo a esta señorial ciudad antes de dirigir nuestros pasos hacia el cercano Monasterio de Yuste.
VIA locuraviajes.com