El Cementerio Père-Lachaise
París rebosa Historia por los poros; y ésta reposa, las más de las veces, en los cementerios. Charles Baudelaire, François Truffaut y Jean-Paul Sartre son algunos de los muertos ilustres que descansan eternamente en los varios camposantos de París.

El visitante ocioso y melancólico podrá demorarse en la decadente y estrafalaria necrópolis de Montmartre (atravesado por un puente cruzado por automóviles), en los sencillos e inmutables jardines de Montparnasse (sus grandes avenidas acotadas por un césped siempre igual) y, sobre todo, en el que se encuentra en la enorme montaña de Père-Lachaise (calle del Reposo, nº 16).
Al visitante menos melancólico que quiera gustar un poco de calma, le bastará con dejarse caer en este bosque de árboles y tumbas.
Más que la enorme cantidad de túmulos célebres que se levantan entre las 70.000 tumbas (el de Jim Morrison, al que aún hoy peregrinan sus adoradores; el de Oscar Wilde, cubiertos de besos de pintalabios; el de Victor Hugo, Molière o Modigliani y, aún, el de Allan Kardec, fundador del espiritismo), aquello que proporciona su encanto al Père-Lachaise es la sensación de estar en medio de la naturaleza, así como la rara majestad de algunas de las tumbas, roídas por los líquenes y el tiempo.

Entre los cuervos, los gatos y las orugas, y bajo la fronda, allí podrá sorprenderse, en los días de buen tiempo, a alguna pareja de ajedrecistas echando una partida sobre una piedra o una tumba o, más desgraciadamente, algún entierro.
En este cementerio cayeron los últimos resistentes de la Comuna de París, en 1871.
A través de internet puede hacerse una visita virtual –algo inquietante– del cementerio, que incluye también una parte, más desolada o menos misteriosa, de trazado ortogonal (http://www.pere-lachaise.com/).
via dondeviajar.es